"OBRAS" DE GARCILASO DE LA VEGA: UNA CATARSIS EMOCIONAL
“Yo no nací sino para quereros; mi alma os ha cortado a su medida; por hábito del alma mismo os quiero.” Garcilaso de la Vega
Con esta poética y lapidaria sentencia del autor Garcilaso de la Vega es como podemos llegar a comprender, y a su vez, definir el magnánimo pensamiento que influyó a pasos agigantados en la psique y raciocinio del renacentista autor castellano.
Antes de desentrañar la propia producción poética del autor, debemos zambullirnos de lleno en aquella corriente que los expertos denominan como “Renacimiento”, una surgida hacia finales del siglo XIV hasta el siglo XVI en el contexto de las ciudades-Estado italianas, donde el arte suponía una vuelta a los modelos clásicos y una unión con aquellas ideas y expresiones artísticas de la Antigua Grecia y Roma. Aunque también se aprovecharon los propios recursos novedosos y contemporáneos de la época, con el objeto de alcanzar la perfección artística y divina que el artista ansiaba obtener mediante la figura del hombre divinizado, siendo esta una definición clara de la corriente de pensamiento humanista del momento. El ser humano representaba virtud, belleza, perfección, equilibrio, delicadeza y sutileza, pero también fortaleza y resiliencia.
En cuanto a los espacios se refiere, el escenario en sí mismo ya no supondrá una barrera para la mente del autor. El hombre y la Naturaleza pasan a volverse uno, y de este modo, se ponen en escena sentimientos y conceptos psíquicos procedentes del propio mundo interior del autor, los cuales se plasman con absoluta y fidedigna impresión en un espacio natural que representa una prolongación más de su alma, o incluso a veces, el completo espacio de su alma.
No es de extrañar que, con una visión tan divinizada de la figura humana, el poeta comience a escribir ensalzando a su amada como si de la mismísima Venus se tratase, porque precisamente esta se convierte en el objeto de todos sus bienes y sus males. La amada pasa a ser la razón y causa per se, de la existencia del autor, él solo vive para ella, para satisfacerla y contemplarla como si de una obra de arte se tratase. Para la cautiva y pobre alma del autor no existe nada más bello y puro en todo el universo que los dorados cabellos de su amada, su sonrisa de marfil, su cara alba y angelical, o su magnífica y celestial perfección.
“No me podrán quitar el dolorido sentir, si ya primero no me quitan el sentido.” Garcilaso de la Vega
De tal forma, el poeta Garcilaso escribirá en sus obras al amor puro y eterno que se siente por la amada, uno que alivia y perturba a la mente, uno que sana y hiere al mismo tiempo, todo ello representado mediante los relatos amorosos de unas figuras pastoriles que se lamentan por haber perdido a sus amadas, ya fuese mediante el angustioso abandono o por la fría y terrible muerte. Para el poeta no hay dolor más amargo que la pérdida de su objeto de culto y deseo, por ello, este está dispuesto a morir por ella si con tal acción consigue volver a encontrarse con su musa y recobrar la alegría de vivir.
"La locura del amor, la más grande de las bendiciones del cielo." Platón
Todo el pensamiento del doliente se muestra mediante la representación de su ambiente, por ejemplo, el río Tajo, el cual se convierte en un espacio fecundo y fértil, hogar de hermosas ninfas, cuando el poeta presenta felicidad en su alma (locus amoenus); o se vuelve un lugar sombrío y triste donde la vida se marchita (locus horribilis), ello debido al carácter deprimente de su psicología personal en ese momento.
“Con un manso ruido de agua corriente y clara, cerca el Danubio una isla, que pudiera ser lugar escogido para que descansara quien como yo estó agora, no estuviera ; do siempre primavera parece en la verdura sembrada de las flores ; hacen los ruiseñores renovar el placer ó la tristura con sus blandas querellas, que nunca día ni noche cesan dellas.” (Canción III)
Las reflexiones de los personajes son por sí mismas un espejo de su alma, la cual está aturdida y confusa, pero a la vez desesperada y destruida, por un amor que se le arrebata y que el sujeto intenta recuperar como si su vida dependiese de ello, porque precisamente para él eso sí es así, solamente su persona es capaz de llegar a comprender el furor amoroso que despide su corazón por ella.
“Dentro en mi alma fué de mí engendrado un dulce amor, y de mi sentimiento tan aprobado fué su nacimiento como de un solo hijo deseado;
mas luego dél nació quien ha estragado 5 del todo el amoroso pensamiento ; que en áspero rigor y en gran tormento los primeros deleites ha trocado.” (Soneto XXXI)
Además, antes de concluir podemos tratar las propias églogas como muestra plena de la esencia renacentista. Todo ello debido a tratarse estas de historias bucólicas de carácter penoso y fatalista donde los pastores dan voz a sus propias emociones y reflexiones más íntimas y descarnadas mediante el empleo de la palinodia, refiriéndose ello a una reflexión poética de la vida pasada del personaje donde gozaba de alegría por vivir. Se muestra con todo lujo de detalles un amplio uso de tópicos literarios latinos, tales como el "beatus ille", donde se muestra una oda a la vida campesina alejada del caótico maremagnum de la vida urbana; el "ubi sunt" mediante el que los pastores se lamentan y se preguntan dónde está aquello que tanta dicha y plenitud les había causado, siendo en este caso el amor proporcionado por su amada o la amada misma. En conjunto podemos observar que, en cuanto su forma, un desgarrador tono nostálgico y melancólico envuelve a los diálogos para reforzar el mensaje y la impresión que da en el lector de las obras.
“... yo me vi tan ajeno del grave mal que siento, que de puro contento con vuestra soledad me recreaba, donde con dulce sueño reposaba, ó con el pensamiento discurría por donde no hallaba sino memorias llenas de alegría;
y en este mismo valle, donde agora me entristesco y me canso, en el reposo estuve ya contento y descansado.” (Égloga I)
Finalmente, y como conclusión, podríamos establecer la idea de Garcilaso de la Vega como al autor renacentista que muestra la pasión y locura desenfrenada que la pérdida puede provocar en un sujeto enamorado perdidamente de su amada, apoyado a su vez en la anteriormente dicha concepción divina de la persona amada, desembocando en el pensamiento fatalista de perder algo que nunca se podrá volver a obtener (en este caso el amor), ya que ese amor tan puro e ideal solo te lo podía ofrecer esa única persona que se fue de ti y nunca volverá, al menos dentro del marco de la vida terrenal, mientras ella supone un ente celestial ahora inalcanzable para tu alma mortal.
“Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al Cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver.” Leonardo da Vinci

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